Desde el interior de un búnker mínimo

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La palabra hebrea Harmagedon significa “montaña de Megido”, el lugar donde, según La Biblia, los reyes de la tierra se reunirán para prepararse para la batalla del final de los tiempos. Con el ánimo de darle relevancia al concepto de “lugar”, Pau López conserva la H original en el título para su exposición “Esperant l’Harmagedon“, una instalación en la que reflexiona sobre los búnkeres que pueden encontrarse en nuestras costas como testigos de un tiempo en el que su existencia fue necesaria. Leer más »

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Mendigando en Barcelona: el libro

El acto de mendigar para superar el miedo a fracasar que llevé a cabo en noviembre del año pasado me ha dado más cosas de las que podía esperar. Lo que más, el agradecimiento de mucha gente por haberlo hecho. El acto parece tener algo que hace reaccionar alguna parte profunda en muchas personas, como puede verse en tantos y tantos comentarios al relato.

Una de las cosas que me empujó a escribirlo fue el saber si era el único que tomaba sus miedos desde esa perspectiva, la de afrontarlos como fuera por “rara” que fuera la forma de hacerlo. Tras ver las reacciones, me decidí a darle forma de ebook juntando la historia con una selección de las reacciones que me parecían más interesantes, en cuanto a que esas reacciones dicen mucho de quién las ha escrito y el estado de la sociedad actual. Ahora me he decidido a darle forma de libro físico, que puede adquirirse online en la librería de Bubok.

¿Por qué? Porque quiero que llegue al máximo de personas posible. Internet es un mundo a parte del mundo “real”: en Internet, la historia se propagó y sigue propagando a un ritmo inusitado. Muchas personas lo comparten con otras personas a quienes creen que les puede interesar o ayudar a superar una mala situación: quiero que eso también sea posible mano a mano, en la forma de un libro físico.

Actualmente sólo puede adquirirse en la mencionada librería de Bubok, pero mi objetivo es que llegue a las librerías físicas de todo el territorio. Para ello, necesito adquirir un ISBN y darle formato al libro para poderse distribuir de forma tradicional. Con Bubok, el coste de estos trámites es de 120€. Cada libro vendido online a 9.90€ me reporta 2€ de beneficio. Así, necesito vender 60 unidades para poder llegar a las librerías.

Una vez en las librerías, el beneficio se reduce drásticamente ya que ellas deben llevarse su parte como intermediarias: será únicamente de 10 céntimos de euro por copia. Pero como ya he mencionado, esto no es lo importante: lo único importante para mi es poder llegar al máximo de personas posible. Que cualquiera pueda regalar una copia a aquel ser querido que se vea en una situación parecida, tenga miedo a fracasar, acabe de montar un negocio o tenga una mala imagen de la sociedad. Como he dicho tantas veces, lo que das te lo das, y como aprendí durante el acto, lo importante es dar sin esperar a recibir… así que estoy decidido a darle mi experiencia al mundo de tantas formas como sea posible. A tí, que estás ayudando a que esto sea posible, te doy las gracias de todo corazón.

>> Adquirir Mendigando en Barcelona en libro físico (Relato + reacciones, 9.90€, 68 páginas. De regalo el libro en formato digital para tu lector de ebooks o tableta)

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La mayor creación del Dr. Jekyll

Kiko tiene unos 18 años, es tímido, lleva gafas y sufre una calvicie incipiente. Se siente inseguro, no sabe relacionarse con las mujeres y en general sus habilidades sociales no son nada del otro mundo. Víctor tiene 34 años recién cumplidos: es un chico guapo, seguro de si mismo, al que no le da miedo explorar las facetas más extrañas (o “interesantes”, como dice él) de la vida.

Kiko no sabe qué hacer con su vida: en su historial, una larga ristra de fracasos intelectuales, emocionales, sexuales y materiales le lastran con miedo a la hora de enfrentar el día a día. Víctor emprende con pasión cualquier empresa que le parezca interesante, por difícil o inverosímil que le parezca a los demás.

En su interior, Víctor es un artista; Kiko, también. Víctor considera que ha creado obras de todo tipo: ha creado empresas de funcionamiento inusual, ha escrito ensayos sobre la psique humana, ha pintado cuadros que representan sus paisajes interiores, ha estudiado con pasión filosofía, psicología y hasta magia; ha llevado a cabo incluso actos que otros consideran literamente locuras y que él ve como obras de arte en acción.

Víctor ha creado multitud de cosas, ha caminado por multitud de caminos, y todas las ve como sus obras, incontables creaciones artísticas que van desde objetos a experiencias. Kiko sólo ha creado una obra. La obra de Kiko se llama Víctor.

Nuestro nombre arrastra consigo una infinitud de significados. Cuando Kiko oye su nombre ve una réplica de su padre, que se llamaba como él, Francisco. Al oír el diminutivo, Kiko, se siente una copia reducida: se siente aquel chico que se quedó en los 18 años sin saber hacerse mayor, aplastado por el peso de una educación en la que se sintió siempre en competición con su padre: al fin y al cabo, se llamaban igual. ¿Cómo no compararse?

Kiko es también un chico curioso, cosa que comparte con Víctor. Esa curiosidad, unida a la sensación de vacío, lo empujó al camino de la introspección. No recuerda un momento de su vida en que no sintiera curiosidad sobre cómo funcionan las cosas: de pequeño, desmontaba y volvía a montar juguetes con el afán de entender su funcionamiento. De adolescente, le interesaba más la lectura y los ordenadores que salir de fiesta o relacionarse con otros. De mayor, ya se había dado cuenta de que lo más interesante que uno mismo puede aspirar a comprender es… uno mismo.

Así, Kiko se embarcó en la aventura del autoconocimiento casi siempre en secreto, sin saber cómo compartir aquellos temas extraños que le interesaban. Poco a poco, fue aplicando en su vida esos conocimientos, modificando su comportamiento en base a las cosas que aprendía de aquellos que habían recorrido ya el camino: filósofos, escritores, artistas… poco a poco, se fue transformando. Y un día, nació Víctor. Ese día, Kiko se cambió el nombre y decidió que a partir de ese momento firmaría sus obras, físicas o no, con el nombre de Víctor.

Sin embargo, uno no puede escapar de su propio nombre. Kiko empezó a viajar, y se dió cuenta de que en su pasaporte el nombre que constaba era Francisco, el nombre de su padre, su nombre… y que había intentado durante mucho tiempo huír de él, huir de ese niño de 18 años apocado y tímido, usando Víctor como una palabra mágica, evocadora de todo aquello por lo que sentía orgulloso de sí mismo. Vivía cada viaje como una huída, al recordarle que, por mucho que no quisiera, Kiko era su nombre. Y una huída no es una solución.

El libro de filosofía de bachillerato de Kiko empezaba con una frase que siempre ha recordado: “El mayor problema del hombre es el hombre“. Para solucionar un problema, hay que alejarse de él: verlo en su conjunto tanto como sea posible. Mientras seamos el problema, no hay solución… y huir de un problema no es enfrentarlo, no es alejarse de él para observarlo: es no querer ver el problema, es serlo continuamente.

Kiko nunca había viajado sólo. Kiko nunca había salido de su propia cultura, la occidental… hasta el día en que cumplió 34 años. Kiko emprendió su primer viaje verdaderamente iniciático, yendo solo y fuera de su cultura. E inmerso en el vacío de no tener ningún cimiento social en el que sostenerse, por fin lejos de sí mismo, se vió en conjunto. Y se dió cuenta de que Víctor, primero, siempre había sido una huída, y segundo, en realidad era su obra. Su única y enorme obra.

Víctor no es el seudónimo de Kiko. Víctor es un conjunto de ideas, emociones, deseos y necesidades cuidadosamente observados y construidos durante toda una vida. Las opiniones de Víctor, cuando las tiene, no tienen por qué ser las de Kiko. Víctor ha pintado cuadros que a Kiko no le gustan nada, ha hecho cosas que Kiko considera reprobables o sólo dignas de un loco. Por ejemplo, una vez Víctor se fue a la calle a mendigar para demostrar que el miedo se supera enfrentándolo; Kiko jamás se hubiera atrevido a hacerlo. Víctor cree que la magia y el amor son las bases de la realidad; Kiko cree que eso son tonterías. Víctor se atreve a hacer cualquier cosa, por mucho miedo que a Kiko le de. Víctor está ansioso por llevar una vida plena, llena de emociones y cuyo final sea una muerte feliz. Kiko puede estar de acuerdo con esto… o no. Lo único que Kiko sabe es que, por mucho que Víctor a veces parezca un loco pedante al que sólo le interesan tonterías, se siente orgulloso de él. Al fin y al cabo, es su obra. Su única, enorme y emocionante obra.

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Reacciones a Mendigando

Acabo de ampliar el ebook de Mendigando (que recuerdo que regalo a todo el que me lo pida, así que ya sabéis) con una selección de las reacciones al relato más interesantes. Algunas de esas reacciones se pueden encontrar en los comentarios de la entrada, pero algunas otras no: son e-mails que me llegaron a través del formulario de contacto de la web. Como por ejemplo, éste, enviado desde una cuenta de email temporal y con el nick de un dios nórdico:

Tan sólo vengo a fastidiarte tu mundo de gominolas y piruleta. Y decirte que, en mi opinión, las conclusiones de tu experimento no podían ser más erróneas. Primero, el mundo no sería mejor con más gente que dé dinero, el mundo, como iría mejor es si sólo lo pidieran aquellos que lo necesitaran. Tú, querido amigo, no has hecho más que empeorarlo un poco más. ¿¿Qué has averiguado, que la gente da dinero??, eso lo sabes tú y las mafias que reparten indigentes mutilados por las grandes ciudades, es más, lo sabíamos todos. Que la gente da por egoísmo es otro buen descubrimiento que podías haber encontrado en los libros de Nietzsche, es más, él no tuvo que arrastrarse ni avergonzar a su especie.

Que afrontando los miedos y vergüenzas es como mejor puedes superarlos también lo podrías haber descubierto en cualquier serie para adolescentas de Disney Channel. Es más, hubiera sido más gracioso que en plena plaza te hubieras quitado la ropa y te hubieras puesto a correr desnudo.

Ahora bien, también te adelanto que tu éxito fue más de márketing que de otra cosa. Supiste llegar a las entrañas de la gente saliendo del típico tengo x mujeres y n hijos a mi cargo y no tengo empleo. Tu aspecto, por muy desaliñado que fuera, probablemente fuera el de una persona sana. Ahora bien, piensa si el resultado hubiera sido el mismo cuando en vez de unas horas, lleves unos años y en vez de haber dormido en tu casa tus 8 horitas como un señor hubieras dormido hasta donde te alcanzara la memoria entre cartones.

Porque no, no hace falta más gente que dé, siempre va a haber alguien dispuesto a ayudar a aquel que lo necesite. Aquí lo que nos sobran son hijos de puta que piden sin necesidad y privan a los necesitados de verdad de la ayuda.

Si tuvieras la más mínima decencia, hubieras ido repartiendo cada moneda que te dieron, entre los indigentes que te hubieras encontrado nada más volver a tu ciudad. Indicándole que sientes mucho haberle robado esa moneda.

No hubieras saldado tu deuda con el mundo, pero bueno, sería un gesto medianamente noble.

Todos los comentarios, emails, consejos, opiniones y reflexiones me fueron útiles. Todos sin excepción fueron la señal de haber tocado una fibra sensible, y a la vez son el reflejo de quién me dejaba su opinión… como el/la chico/a de arriba, que le dedicó un buen rato a mostrarme su rabia. No puedo más que darle las gracias por haberme enseñado que tengo que tener en cuenta que hay personas reactivas, a las cuales la fibra sensible les toma la cruz de la moneda y en vez de recibir, atacan. Porque si uno está dolido, si tiene rabia reprimida, ¿qué es más fácil, reaccionar y sacar la presión o seguir reprimiéndote y escuchar?  ¿Puedes ayudar a alguien que no quiere ayudarse? Imposible. Es más, no se puede ayudar a nadie: sólo puedes ayudar a los demás a ayudarse. Y si uno no quiere, ni Dios puede, claro.

Esta reacción y 21 más, en el libro. ¡Pídemelo!

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Cosas que aprender de… el sketch del leñador

Partamos de un supuesto: todo, absolutamente todo, puede interpretarse de manera simbólica. Al fin y al cabo, las metáforas se basan en eso: en una cosa simbolizando otra, sin más límite que la imaginación. Teniendo este supuesto presente, podemos jugar a que todo da un mensaje, a que todo tiene algo de lo que podemos aprender. Inauguro con este post una categoría en la que jugaremos todos juntos a interpretar lo que cualquier cosa puede enseñarnos si lo miramos desde el punto de vista adecuado. Y para comenzar por todo lo alto, en este primer post veremos qué se puede aprender del sketch del leñador, un clásico de los Monty Python que apareció por primera vez en el episodio 9 de la primera temporada de su genial Flying Circus.

El sketch empieza en el interior de una barbería. En ella vemos al barbero Beavis (Michael Palin) lavándose los brazos, cubiertos de sangre. En ese momento, aparece un cliente.  Michael se sobresalta: está tenso. ¿Será por la sangre que lo cubre? Ahora lo veremos. El cliente, Terry Jones, parece no percatarse (o no darle importancia a) la sangre de la bata de Beavis, y se sienta tranquilamente en la silla del barbero. Quiere cortarse el pelo.

Primer mensaje: ¿cuántas veces hacemos eso mismo? Ignoramos lo que tenemos enfrente de las narices porque lo único que vemos es lo que queremos ver. Vamos al barbero, y aunque esté cubierto de sangre nosotros nos sentaremos en la silla: si algo se sale de lo común, lo ignoramos y seguimos a lo nuestro. Hacer eso, suponer que lo que es es lo que debería ser, es más fácil que aceptar que lo que es, es, aunque no nos guste… porque verlo implicaría cambiar nuestro punto de vista. Y por ahí, cuesta mucho pasar.

Beavis comienza a preparar a su cliente, cubriéndolo con el manto recogepelos. En ese momento, algo parece poseerle: sus manos toman vida propia, como queriendo estrangular a su cliente. ¿Qué le pasa? Parece que está reprimiendo unos impulsos asesinos… y como decían los Borg, la resistencia es fútil: la represión contínua es inútil, y como una olla a presión, el vapor acaba saliendo por algún lado (o así lo explicaba Freud). En este caso, unos instintos asesinos que más tarde veremos de dónde salen.

Michael Palin reprimiendo sus instintos asesinos

Beavis le pregunta a su cliente cómo quiere el corte. Éste quiere un peinado sencillo, corto por los lados y por detrás, pero Beavis parece no entenderlo. ¿Un barbero que no sabe hacer algo tan sencillo? ¿Por qué? Porque está más preocupado de si va a tener que utilizar la navaja que del mismo corte de pelo. Usar la navaja le pone más difícil reprimir sus instintos, y por ello incluso olvida cómo hacer lo más sencillo. Reprimirse es un trabajo a tiempo completo, por lo que se convierte en lo más, y único, importante.

¿Y por qué? Pues porque la misma mención de la palabra ‘navaja’ lo hace dispararse: navajanavajacortecortesangrechorroarteriacrimen, suelta como un chorro de vapor. Cuando consigue controlarse apreta los dientes: se le ha escapado un chorrito de vapor. Bueno, no pasa nada: al fin y al cabo, es sólo un corte a ‘tijera’, palabra que todavía puede controlar. Aún así, le pregunta a su cliente si no preferiría tan sólo peinarse: no está seguro de poderse controlar. Cuando no queremos enfrentarnos a algo, lo evitamos: es mucho más sencillo que pasar por el trago de reconocer la presión y controlarla… o aún peor, de que ella nos controle a nosotros y acabemos degollando a nuestro cliente. Por muchas pistas que tenga, el cliente continúa sin querer ver que el barbero no es de fiar: quiere su corte de pelo. El barbero y el cliente no son tan diferentes: ninguno de los dos quiere enfrentarse a una realidad que no les gusta…

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Dos meses después

Llevé a cabo el acto de mendigar el pasado 11 de Noviembre de 2011. Me decidí a escribirlo cuatro días después, el 15 de Noviembre. En las 48 horas siguientes llegaron a este blog más de 10.000 visitas que dejaron unos 150 comentarios en el post, 500 personas lo compartieron en Facebook, hubo más de 300 menciones en Twitter y me llegaron cientos de mails a través del formulario de contacto. Mi relato se reseñó en la versión online de ABC y hasta me entrevistaron en La Nit en Blanc de Punto Radio.

Tal reacción me sobrepasó ámpliamente. Hubo respuestas de todos los tipos dentro del espectro: desde personas que me decían que era lo mejor que habían leído nunca, a gente que se tomó la molestia de escribirme sólo para insultarme. Intenté responder a todos y todas: daba igual el contenido de su mensaje, daba igual que hubieran entendido que la finalidad del acto era el superarme y no el ponerme en la piel de un mendigo o no lo hubieran entendido; el caso es que habían reaccionado, algo de mi experiencia les había tocado, y así me lo hacían saber. A todos sin excepción, muchísimas gracias de nuevo.

Dos meses después han pasado muchas cosas. Me gustaría explicar unas pocas de ellas respondiendo a quienes me dijeron algo en su momento:

  • A todos los que me decían que les gustaría saber cómo me ha ido la vida, les diré que hace un mes que tengo un nuevo trabajo de oficina, a media jornada, que me permite completar ingresos y seguir trabajando como freelance para poco a poco seguir devolviendo las deudas. En ese aspecto, estoy bastante más tranquilo. Muchas gracias. :)
  • A los que me decían que si me sentía culpable diera todo el dinero que recaudé a mendigos de verdad, les acabaré de explicar lo que no expliqué en el relato: aquel día, en aquellas dos horas, me dieron unos 10 euros. Compré el billete de vuelta y un dulce (como ‘autorecompensa’) y el resto se lo di a un hombre que pedía tocando la flauta en el tren de vuelta. Ese fue el primero desde aquel momento. Desde entonces, he hablado con cada mendigo que me he encontrado en mi día a día. A todos les he ofrecido comida y les he preguntado su nombre. Unos han aceptado, otros no, la mayoría me han mirado con una mezcla de desconfianza e incredulidad. Con los que me han aceptado la comida he hablado un rato, igual que hizo Jose conmigo; así he conocido (o he creído conocer, ya que cada uno me habrá explicado lo que haya querido: yo recuerdo muy bien la vergüenza de explicar por qué estás en la calle) a inmigrantes que han llegado aquí sin saber lo que les esperaba, personas enganchadas a alguna droga, vagabundos de larga duración, parados repentinos, desahuciados… He aprendido cosas que no sabía, como que cualquiera puede pedir un asistente social que intentará ayudarle. La gran mayoría de gente en la calle ni siquiera lo sabe, así que he procurado decírselo a todo el que podía serle útil. Y como ya explicaba en el relato, en el fondo todo esto lo he hecho, lo hago y lo seguiré haciendo por mí, más que por ellos: no seré más el juez de nadie, así que no voy a juzgar a quién me pide. Sólo seguiré tratándolo como la persona que es y ejercitando la compasión. Es decir, haciendo lo que creo que todos deberíamos hacer.
  • A los que elogiaban mi forma de escribir también quiero darles las gracias, ya que gracias a ellos me he animado a sacar tiempo para seguir escribiendo mis experiencias… y darles formato de ebook. Leer más »
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Mendigando en Barcelona

Todos tenemos dificultades. Cosas que superar, cosas que no nos gustan de nosotros mismos. A veces sentimos esas cosas como si no fueran nuestras, como si alguien nos las hubiera puesto encima. Yo crecí oyendo continuamente que el dinero era escaso y difícil de conseguir. Mis padres, de clase obrera y de ideología de izquierdas en los tiempos de Franco, tuvieron que luchar duramente para traer dinero a casa. Seguramente dolidos porque las cosas no habían sido fáciles para ellos, nos inculcaron a mi hermano y a mi que la vida es dura, el dinero escaso y el poder corrompe, que los ricos son malos.

Aún en contra de esas ideas que la familia me había impuesto, el espíritu emprendedor es algo natural en mi. Puede que sea una simple reacción o puede que sea una vocación, no lo sé. El caso es que creo que hay que seguir los propios impulsos, sean los que sean… con lo que a los 21 años puse mi primer negocio, junto con dos amigos.

Ese negocio cerró. Y el siguiente. Y el siguiente, y el otro. Todos por mala planificación, discusiones entre socios o exceso de confianza. A mediados de 2007, ya con una larga y educativa ristra de fracasos a mis espaldas, decidí dar el salto definitivo y poner otro negocio yo solo, sin socios y sin cometer los errores pasados.

Para ello, doblé mi hipoteca. Tenía un apartamento con vistas al mar, comprado en 2004 por un precio muy bajo para aquellos tiempos en que los créditos se concedían como churros. Cuando pedí la ampliación, el banco no puso ningún problema: el apartamento tenía por entonces un valor de más del doble de la hipoteca que tenía contratada. Con gusto me la ampliaron.

Con el dinero alquilé y acondicioné un local, compré la maquinaria y una furgoneta (me quise dedicar al diseño e impresión de camisetas), adquirí stock, hice publicidad, contraté a un empleado… todo lo necesario. Una de las cosas que me enseñaron los anteriores negocios fallidos fue que había que empezar con todo lo necesario. Comenzar en pequeño y esperar a crecer no era viable, al menos en mi plan de negocios.

En enero de 2008, todo iba como la seda. El endeudamiento era máximo, pero las camisetas se vendían bien y a aquel ritmo, en un par de años hubiera comenzado a tener beneficios, una vez libre de la deuda.

…y llegó el verano de 2008. Se empezó a escuchar la palabra ‘crisis’ por todos lados. Las tiendas dejaron de comprar, aduciendo que tenían aún stock del verano anterior. El servicio de impresión a la carta bajó la facturación a la mitad. La venta minorista por Internet se mantuvo, pero esa única entrada de dinero no era suficiente para mantener la empresa. Tuve que pedir un crédito adicional, que avalaron mis padres con su casa. Yo era autónomo.

A principio de 2009, la situación se hizo insostenible, por lo que decidí cerrar. Intenté traspasar el negocio, pero no encontré comprador. Vendí la maquinaria y el stock que pude para hacer frente a las deudas más urgentes, y empecé a pensar cómo solucionar el resto.

Unos meses más tarde, el banco se quedó mi apartamento. Aquel fue un punto de inflexión. Me planteé seriamente cómo había llegado a esa situación. Mis amigos me decían que ‘cuando llega una tormenta, el capitán del barco no tiene la culpa’. Pero algo dentro de mi me decía que no, que siempre hay al menos una solución para un problema, y que si no había sido capaz de encontrarla era exclusivamente culpa mía.

Empecé a darme cuenta hasta qué punto me había dejado llevar por el pánico a que las cosas no fueran bien. En cuanto las tiendas dejaron de comprar, un miedo enorme a fracasar se apoderó de mí, y no había día en que no pensara en la posibilidad real de quedarme en la calle y que hasta mis padres tuvieran que pagar por mis errores. El sentimiento de culpabilidad se instauró en mí, y hoy en día sigue ahí. Me di cuenta de que había sido incapaz de superar esos sentimientos, y que probablemente esa incapacidad ayudara en gran parte a mi fracaso. Al fin y al cabo, una parte muy íntima de mí se repetía lo que me habían enseñado: la vida es dura, el dinero es escaso y los ricos son malos. Una parte de mí creía que hiciera lo que hiciera iba a fracasar, y así fue.

A día de hoy, esos sentimientos aún me acompañan. Trabajando muy duro he conseguido devolver casi la mitad de mis deudas. He hecho jornadas de 12 y 14 horas durante casi un año y medio, que me permitían facturar suficiente para vivir e ir resolviendo deudas… viendo la situación actual, debería estar contento, pero la sensación de que eso era lo único que merecía (trabajar muy duro sin dinero para mí) no me ha abandonado en ningún momento. El terror a volver a fracasar seguía ahí, y encima de ese terror había una sensación de prisa inmensa: o sigo trabajando a un ritmo inhumano, sea como sea, o me voy a ver otra vez en la misma situación. Y esta vez peor: los trabajos escasean, nadie me va a dar un crédito, las deudas siguen ahí y algunas han llegado ya a juicio, y como autónomo, no tengo derecho a paro.

Así que hace un mes, tomé una decisión: para salir definitivamente de aquí, antes que nada debo quitarme de encima esos sentimientos de miedo y culpa. Esas sensaciones me inhabilitan: es muy difícil pensar en una solución cuando en lo único que piensas es en el problema y sus aterradoras posibles consecuencias. ¿Cómo se quita uno un miedo? Atravesándolo. ¿A qué tengo miedo? A fracasar definitivamente, a quedarme en la calle sin nada. ¿Qué debo hacer entonces? El mismo miedo lo dice: quedarme en la calle sin nada.

Así, decidí que el pasado viernes 11/11/11 iba a hacer un acto simbólico para atravesar ese miedo: me iba a Barcelona, a 100 km de casa, sin dinero para volver ni comer. Me decidí a mendigar hasta conseguir el dinero suficiente para comprar el billete de vuelta. Si lo conseguía, habría superado el miedo. Me tendría que enfrentar a uno de mis mayores terrores y superándolo, podría guardar el recuerdo de haberlo conseguido como una especie de amuleto mental al que recurrir cuando el terror volviera a asaltarme.

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