Cosas que aprender de… el sketch del leñador

Partamos de un supuesto: todo, absolutamente todo, puede interpretarse de manera simbólica. Al fin y al cabo, las metáforas se basan en eso: en una cosa simbolizando otra, sin más límite que la imaginación. Teniendo este supuesto presente, podemos jugar a que todo da un mensaje, a que todo tiene algo de lo que podemos aprender. Inauguro con este post una categoría en la que jugaremos todos juntos a interpretar lo que cualquier cosa puede enseñarnos si lo miramos desde el punto de vista adecuado. Y para comenzar por todo lo alto, en este primer post veremos qué se puede aprender del sketch del leñador, un clásico de los Monty Python que apareció por primera vez en el episodio 9 de la primera temporada de su genial Flying Circus.

El sketch empieza en el interior de una barbería. En ella vemos al barbero Beavis (Michael Palin) lavándose los brazos, cubiertos de sangre. En ese momento, aparece un cliente.  Michael se sobresalta: está tenso. ¿Será por la sangre que lo cubre? Ahora lo veremos. El cliente, Terry Jones, parece no percatarse (o no darle importancia a) la sangre de la bata de Beavis, y se sienta tranquilamente en la silla del barbero. Quiere cortarse el pelo.

Primer mensaje: ¿cuántas veces hacemos eso mismo? Ignoramos lo que tenemos enfrente de las narices porque lo único que vemos es lo que queremos ver. Vamos al barbero, y aunque esté cubierto de sangre nosotros nos sentaremos en la silla: si algo se sale de lo común, lo ignoramos y seguimos a lo nuestro. Hacer eso, suponer que lo que es es lo que debería ser, es más fácil que aceptar que lo que es, es, aunque no nos guste… porque verlo implicaría cambiar nuestro punto de vista. Y por ahí, cuesta mucho pasar.

Beavis comienza a preparar a su cliente, cubriéndolo con el manto recogepelos. En ese momento, algo parece poseerle: sus manos toman vida propia, como queriendo estrangular a su cliente. ¿Qué le pasa? Parece que está reprimiendo unos impulsos asesinos… y como decían los Borg, la resistencia es fútil: la represión contínua es inútil, y como una olla a presión, el vapor acaba saliendo por algún lado (o así lo explicaba Freud). En este caso, unos instintos asesinos que más tarde veremos de dónde salen.

Michael Palin reprimiendo sus instintos asesinos

Beavis le pregunta a su cliente cómo quiere el corte. Éste quiere un peinado sencillo, corto por los lados y por detrás, pero Beavis parece no entenderlo. ¿Un barbero que no sabe hacer algo tan sencillo? ¿Por qué? Porque está más preocupado de si va a tener que utilizar la navaja que del mismo corte de pelo. Usar la navaja le pone más difícil reprimir sus instintos, y por ello incluso olvida cómo hacer lo más sencillo. Reprimirse es un trabajo a tiempo completo, por lo que se convierte en lo más, y único, importante.

¿Y por qué? Pues porque la misma mención de la palabra ‘navaja’ lo hace dispararse: navajanavajacortecortesangrechorroarteriacrimen, suelta como un chorro de vapor. Cuando consigue controlarse apreta los dientes: se le ha escapado un chorrito de vapor. Bueno, no pasa nada: al fin y al cabo, es sólo un corte a ‘tijera’, palabra que todavía puede controlar. Aún así, le pregunta a su cliente si no preferiría tan sólo peinarse: no está seguro de poderse controlar. Cuando no queremos enfrentarnos a algo, lo evitamos: es mucho más sencillo que pasar por el trago de reconocer la presión y controlarla… o aún peor, de que ella nos controle a nosotros y acabemos degollando a nuestro cliente. Por muchas pistas que tenga, el cliente continúa sin querer ver que el barbero no es de fiar: quiere su corte de pelo. El barbero y el cliente no son tan diferentes: ninguno de los dos quiere enfrentarse a una realidad que no les gusta…

Beavis le pide a su cliente que rellene un formulario mientras ‘prepara todo’. Está muy excitado; abre el armario, dónde tiene un esquema del cuerpo humano con las principales arterias señaladas. Parece que realmente es consciente de que sus instintos le pueden, así que esa parte de él que le pide seguirlos lo tiene preparado para esos momentos en que ‘se deja llevar’. Mientras, el cliente completa el formulario dónde se le hacen preguntas personales, cómo ‘parientes cercanos’. Una forma como otra de conocerse entre ellos.

El cliente le da el formulario, y Beavis lo rompe. Realmente no quiere conocer su vida: ello sería un impedimento para matarlo, ya que dejaría de ser un simple objeto de deseo de sus instintos para pasar a ser una persona. Y entonces, si Beavis no puede reprimirse las consecuencias serían nefastas: estaría matando a una persona, no simplemente liberando sus instintos. Volvemos a ver que cliente y barbero son espejos: ninguno desea ver cómo es en realidad el otro. Mejor seguir por el recto camino de las convenciones y prejuicios, o no sabremos en qué terreno estamos pisando.

Beavis toma fuerzas, y comienza a usar la tijera. Su mano parece tomar vida propia e intentar matar a su cliente por dos veces. Viéndose incapaz de controlar su mano, de seguir reprimiéndose, acude a una botella de alcohol que guarda en el armarito. Alcohol: un modificador de la conducta que trastoca los sentimientos, camuflándolos con otras sensaciones. Ni el alcohol ni ninguna otra droga tiene la culpa de cómo se usen, pero es precisamente así como muchas veces se usan: para escapar de la realidad, para no ver lo que se quiere ver, para hacer más fácil el continuar con la represión o el no enfrentarse con los propios sentimientos. Es a lo que recurre el barbero cuando no puede controlarse, es a lo que recurrimos muchos para continuar ‘siendo quienes somos’. ¿La adicción es la imposición a una droga o a nuestra propia autodefinición?

Jekyll reprimiendo a Hyde

Tras el trago, se siente mejor, más seguro. Cree tener una solución: se sitúa tras el cliente, da tres cortes rápidos en el aire y anuncia que ha acabado. Otra vez, la solución a la que llega nos muestra que no se siente capaz de seguir reprimiéndose y tiene miedo de no poder controlarse. Es lo que tienen las ollas a presión: cuanto más tiempo están en el fuego, más probable es que el vapor tenga que salir sí o sí. Enfermedades psicosomáticas, trastornos de la personalidad, incapacidades de relación… vapor que sale.

El cliente se enfada: a él no lo engaña nadie, y Beavis no le ha cortado el pelo. Las cosas no están saliendo como deben salir, así que le exige que haga lo que se supone que debe hacer. El barbero se encuentra en una encerrona… ¿qué hacer? Muy fácil: se sustituye por un magnetofón simulando los sonidos de un corte de pelo, incluyendo la conversación con su cliente. Esa es la solución final para la represión: convertirse en una máquina. Hacer una y otra vez aquello para lo que nos hemos programado, aquello que sabemos hacer porque lo hemos hecho mil veces, mientras (como Beavis) nuestro verdadero yo se esconde en un rincón mordiéndose las uñas y rezando para que el cliente no se dé cuenta de que él no está ahí, de que es una máquina que hace lo que debe hacer.

We are the robots

Pero… ¡maldición, el cliente se ha dado cuenta del engaño! ¡Holocausto, Beavis ya no tiene cómo disimular! El cliente se enfada muchísimo, él quería su corte de pelo y no lo está teniendo. El barbero se encuentra en una encerrona: o hace lo que se supone que debe hacer y pasa por el peligro de que sus instintos se desboquen… o baja la guardia por fin y se abre a explicar lo que siente. Y eso es exactamente lo que hace: confesar. Primero, que no le ha cortado el pelo, que estaba intentando engañarlo. Y después, explica el por qué del engaño.

Muchas veces, basta un pequeño paso para realmente haber caminado casi todo el camino. O como hacía Indiana Jones para pasar un precipicio sin puente, dar un salto de fe. Beavis ha pasado su vida asesinando clientes y reprimiéndose salvajemente, prefiriéndolo a sacar a la luz lo que realmente desea, su verdadera naturaleza… aquello que le da miedo. Y confiesa: de pequeño ya odiaba ver como cortaban el pelo. Pero su madre le decía que era un tonto, y que la única cura era… hacerse barbero.

Así, Beavis se tiró 5 horribles años en la escuela de peluquería, haciendo lo que más odiaba sólo porque su mamá le decía que era lo que tenía que hacer. ¿A alguien le suena esto? Porque claro, si un niño no hace caso a su mamá, su mamá dejará de quererlo y él se morirá de pena, ayayay. Así que mejor pasarse toda la vida reprimido y haciendo algo que no nos gusta que enfrentarse a mamá. O papá. O cualquiera de sus otras formas: veáse esposa, marido, jefe, amigos, sociedad o señora que hace cola en el supermercado.

¿Pagarle a un psicólogo? ¿Para qué?

Beavis continúa derrumbándose, expresando aquello que ha ocultado tanto tiempo: que no quería ser barbero. Él quería ser otra cosa. Con tan sólo decirlo, una sonrisa cruza su cara y suena música en la barbería: él quería ser leñador. Empieza a expresar aquello que tantas veces ha recreado en su corazón, la vida del leñador, y muestra al mundo la pasión que le provoca, su amor por los árboles, la épica del día a día del leñador.

Es decir: se ha pasado la vida en un trabajo mecánico que no le gustaba, sabiendo que su pasión era ser/hacer otra cosa. En cuanto expresa su pasión, comienza el arte, la música. De ahí salían los instintos asesinos: de las ganas de acabar con la vida que llevaba. Matar a un cliente es una excelente forma de sabotearse para no tener que seguir en la barbería. ¿Cuántos nos saboteamos día a día y en vez de plantearnos si lo que hacemos nos gusta, simplemente nos lamentamos y resignamos a seguir cortando el pelo como máquinas a clientes que no quieren ver que estamos cubiertos de sangre?

Un dendrófilo alegre

A Beavis le sale la verdad oculta, su arte, su pasión: comienza a cantar, a expresar de forma bella lo que siente. Comienza a crear, su primera obra es saber lo que quiere y mostrárselo al mundo. Se quita la bata de barbero: debajo de ella es todo un leñador, con su gorro de piel de castor, su camisa a cuadros y sus tirantes. Sonríe, la vida es bella y ya ni tan siquiera está en su barbería sino en la magnífica y agreste Columbia Británica rodeado de enormes abetos y naturaleza. El mundo ha cambiado, y ahora es todo lo contrario de lo que ha visto toda su vida. Incluso aparece de la nada una belleza de rizos dorados que se le coge a la cintura. Beavis ha saltado al precipicio y se ha dado cuenta de que en el fondo le esperaba un colchón de plumas.

Una vez hemos dado el paso y expresado lo que realmente somos, una vez abandonamos nuestra bata de barbero, el mundo se convierte en algo maravilloso. Aunque sea simplemente porque antes era algo asqueroso: la vida del leñador puede ser durísima, pero a Beavis se le antoja una auténtica maravilla poque es lo que siempre ha deseado y no ha podido hacer. Empieza a hacer lo que quiere, y todo es perfecto. Este sería el mensaje más importante: no se trata de que cambiemos el mundo cambiándonos nosotros, es que nosotros somos el mundo. Es decir: imagínate que por una rara enfermedad, siempre, absolutamente siempre, fueras feliz. Continuarías siendo feliz en un lodazal, en un basurero o enmedio de una guerra. El entorno daría igual, y todo sería maravilloso porque nosotros somos maravillosos. La flor de loto que crece en el barro, que decían los budistas.

A la felicidad por la rutina

Y eso es lo que canta: una loa a la vida del leñador. Duerme por la noche, trabaja por el día, se come la comida, va al retrete cuando toca. ¿Maravilloso? Para nosotros puede que no, para él es lo más de lo más de lo más. Por eso lo canta, le suena a música. Y el mundo lo acompaña… ésta vez en la forma de un coro de policías montados canadienses.

Beavis sigue cantando: es increiblemente magnífico expresar lo que ha reprimido tanto tiempo. Y disfrutando, disfrutando se va soltando más y más, y casi sin darse cuenta, poco a poco, va desviándose sutilmente del tema del leñador. Comienza diciendo que, a parte de usar su hacha, los miércoles le gusta ir de compras y tomar bollos con el té. Después, entre árbol y árbol, prensa flores silvestres. Por último…¡se pone ropa de mujer y va a rondar a los bares! ¡Cada vez canta con más alegría! ¡Está expresando cosas cada vez más suyas, cosas que ha reprimido aún más hondo!

La tradicional homofobia de la policía montada canadiense

Así, en el momento álgido de la canción, expresa su sentimiento más oculto, el tabú más profundo: él, en realidad, quería ser una mujer, igual que su querida mamá. En ese momento, el coro canadiense se va ofendido y su chica se aleja llorando porque Beavis en realidad (inserte aquí un interrogante) no es un leñador brutote. Beavis ha expresado un tabú: aquello que no puede expresarse sin castigo, algo que rompe las reglas de su mundo. Aún cuando su alrededor se está derrumbando, él sigue cantando contento, él sigue diciendo lo que de verdad quiere decir. Sólo al quedarse solo le embarga una sensación de extrañeza: sin darse cuenta, ha mostrado aquello que ni aún él sabía ver y ahora no sabe ni quién es ni donde está. ¿Qué ha pasado?

Y así muchas veces nos quedamos cuando hacemos lo mismo que Beavis: primero, reconocer que nos estamos reprimiendo. Después, expresar lo que realmente queríamos. Y entonces, el mundo cambia con nosotros y se nos pone cara de pánfilos porque hemos dejado de ser un magnetofón que repite siempre lo mismo: ¡ya no sabemos quienes somos!

La cara que te deja la pastilla roja

¿Quería de verdad Beavis ser un leñador? ¿O ese deseo sólo le venía como reacción a lo que se había obligado a hacer con disgusto durante toda una vida por no perder el amor de su madre? ¿Y su deseo de ser una mujer, podía ser también sólo otra expresión del amor materno que no había tenido, de querer acercarse a su madre y decirle ‘soy como tú, quiéreme’? Nunca sabremos si Beavis realmente deseaba ser un leñador o convertirse en mujer; lo que sí sabemos es que no quería hacer lo que hizo durante toda su vida… y que cuando se atrevió a enfrentarse a ello, a cantarle al mundo lo que deseaba, fue el hombre más feliz de toda la Columbia Británica.

Y esto es lo que podemos aprender si jugamos a aprender del sketch del leñador del capítulo 9 de la primera temporada del Monty Python Flying Circus. :)

 

 

 

 

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6 Comentarios

  1. Escrito el 28 enero, 2012 a las 13:34 | Enlace permanente

    La represión, antes o después, acaba conduciendo a la depresión. A esta conclusión llegué hace muchos años, pero qué difícil es ponerla en práctica, hay que joderse.

    El artículo en sí, me parece brillante, una joya aprovechada de un disco duro para el desguace. Todo será para bien, que dice el maestro.

    Por lanzar un mensaje positivo, dejaré para la concurrencia una frase que se atribuye a Shakespeare y que a mí me encanta: “El pasado es el prólogo de nuestra vida, la vida comienza ahora”.

    Gracias por ayudarnos a mutar, aunque algunos no lo logremos ni a sartenazos, quizá por un exceso de masoquismo ;)

    • Escrito el 28 enero, 2012 a las 13:43 | Enlace permanente

      3 posts 3, y el Sr Solera me ha hecho la Pole en los 3. No será tan malo como él mismo dice cuando siempre llega el primero, no? ;)

      Cualquier PNListo medianamente serio te daría un cogotazo por tanta autodefinición negativa. ¿Exceso de masoquismo? Un nudo sadomasoquista puede ir de la manita de una neurosis de fracaso, y entre los dos construir una bonita casita sin ventanas cerrada a cal y canto. Think about it!

      Un abrazo y gracias a ti.

  2. Escrito el 31 enero, 2012 a las 16:40 | Enlace permanente

    Me ha gustado mucho articulo, aunque la ultima sensación que produce, de estar en un continuo bucle… ufff.

    Bueno, me quedo con lo de “Se tu mismo” y sobre todo busca en tu interior.

    Gracias

    • Escrito el 31 enero, 2012 a las 19:15 | Enlace permanente

      Si lo ves como ‘un contínuo bucle’… pregúntate por qué. ;) ¿Tú crees que Beavis es el mismo que empezó a cortarle el pelo a su cliente?

      • Escrito el 1 febrero, 2012 a las 18:35 | Enlace permanente

        ¡Oh, no!, claro que no, quizás no me explicado bien, hacia referencia a la “busqueda interior”, a seguir buscando continuamente dentro de sí…

        Es decir, ¿el fin llega cuando es leñador? ¿o llega cuando reconoce su deseo de ser mujer? ¿o cuando tras de eso hay una carencia de afectividad?… ¿Continua buscando?…

        Una reflexión en voz alta…

        Un saludo.

        • Escrito el 1 febrero, 2012 a las 22:28 | Enlace permanente

          El fin llega… cuando comienza el siguiente sketch. Da qué pensar, ¿eh?

          Gracias de nuevo y un saludo.

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