La mayor creación del Dr. Jekyll

Kiko tiene unos 18 años, es tímido, lleva gafas y sufre una calvicie incipiente. Se siente inseguro, no sabe relacionarse con las mujeres y en general sus habilidades sociales no son nada del otro mundo. Víctor tiene 34 años recién cumplidos: es un chico guapo, seguro de si mismo, al que no le da miedo explorar las facetas más extrañas (o “interesantes”, como dice él) de la vida.

Kiko no sabe qué hacer con su vida: en su historial, una larga ristra de fracasos intelectuales, emocionales, sexuales y materiales le lastran con miedo a la hora de enfrentar el día a día. Víctor emprende con pasión cualquier empresa que le parezca interesante, por difícil o inverosímil que le parezca a los demás.

En su interior, Víctor es un artista; Kiko, también. Víctor considera que ha creado obras de todo tipo: ha creado empresas de funcionamiento inusual, ha escrito ensayos sobre la psique humana, ha pintado cuadros que representan sus paisajes interiores, ha estudiado con pasión filosofía, psicología y hasta magia; ha llevado a cabo incluso actos que otros consideran literamente locuras y que él ve como obras de arte en acción.

Víctor ha creado multitud de cosas, ha caminado por multitud de caminos, y todas las ve como sus obras, incontables creaciones artísticas que van desde objetos a experiencias. Kiko sólo ha creado una obra. La obra de Kiko se llama Víctor.

Nuestro nombre arrastra consigo una infinitud de significados. Cuando Kiko oye su nombre ve una réplica de su padre, que se llamaba como él, Francisco. Al oír el diminutivo, Kiko, se siente una copia reducida: se siente aquel chico que se quedó en los 18 años sin saber hacerse mayor, aplastado por el peso de una educación en la que se sintió siempre en competición con su padre: al fin y al cabo, se llamaban igual. ¿Cómo no compararse?

Kiko es también un chico curioso, cosa que comparte con Víctor. Esa curiosidad, unida a la sensación de vacío, lo empujó al camino de la introspección. No recuerda un momento de su vida en que no sintiera curiosidad sobre cómo funcionan las cosas: de pequeño, desmontaba y volvía a montar juguetes con el afán de entender su funcionamiento. De adolescente, le interesaba más la lectura y los ordenadores que salir de fiesta o relacionarse con otros. De mayor, ya se había dado cuenta de que lo más interesante que uno mismo puede aspirar a comprender es… uno mismo.

Así, Kiko se embarcó en la aventura del autoconocimiento casi siempre en secreto, sin saber cómo compartir aquellos temas extraños que le interesaban. Poco a poco, fue aplicando en su vida esos conocimientos, modificando su comportamiento en base a las cosas que aprendía de aquellos que habían recorrido ya el camino: filósofos, escritores, artistas… poco a poco, se fue transformando. Y un día, nació Víctor. Ese día, Kiko se cambió el nombre y decidió que a partir de ese momento firmaría sus obras, físicas o no, con el nombre de Víctor.

Sin embargo, uno no puede escapar de su propio nombre. Kiko empezó a viajar, y se dió cuenta de que en su pasaporte el nombre que constaba era Francisco, el nombre de su padre, su nombre… y que había intentado durante mucho tiempo huír de él, huir de ese niño de 18 años apocado y tímido, usando Víctor como una palabra mágica, evocadora de todo aquello por lo que sentía orgulloso de sí mismo. Vivía cada viaje como una huída, al recordarle que, por mucho que no quisiera, Kiko era su nombre. Y una huída no es una solución.

El libro de filosofía de bachillerato de Kiko empezaba con una frase que siempre ha recordado: “El mayor problema del hombre es el hombre“. Para solucionar un problema, hay que alejarse de él: verlo en su conjunto tanto como sea posible. Mientras seamos el problema, no hay solución… y huir de un problema no es enfrentarlo, no es alejarse de él para observarlo: es no querer ver el problema, es serlo continuamente.

Kiko nunca había viajado sólo. Kiko nunca había salido de su propia cultura, la occidental… hasta el día en que cumplió 34 años. Kiko emprendió su primer viaje verdaderamente iniciático, yendo solo y fuera de su cultura. E inmerso en el vacío de no tener ningún cimiento social en el que sostenerse, por fin lejos de sí mismo, se vió en conjunto. Y se dió cuenta de que Víctor, primero, siempre había sido una huída, y segundo, en realidad era su obra. Su única y enorme obra.

Víctor no es el seudónimo de Kiko. Víctor es un conjunto de ideas, emociones, deseos y necesidades cuidadosamente observados y construidos durante toda una vida. Las opiniones de Víctor, cuando las tiene, no tienen por qué ser las de Kiko. Víctor ha pintado cuadros que a Kiko no le gustan nada, ha hecho cosas que Kiko considera reprobables o sólo dignas de un loco. Por ejemplo, una vez Víctor se fue a la calle a mendigar para demostrar que el miedo se supera enfrentándolo; Kiko jamás se hubiera atrevido a hacerlo. Víctor cree que la magia y el amor son las bases de la realidad; Kiko cree que eso son tonterías. Víctor se atreve a hacer cualquier cosa, por mucho miedo que a Kiko le de. Víctor está ansioso por llevar una vida plena, llena de emociones y cuyo final sea una muerte feliz. Kiko puede estar de acuerdo con esto… o no. Lo único que Kiko sabe es que, por mucho que Víctor a veces parezca un loco pedante al que sólo le interesan tonterías, se siente orgulloso de él. Al fin y al cabo, es su obra. Su única, enorme y emocionante obra.

Esta entrada fue publicada en La verdad está ahí dentro. Guardar el enlace permanente. Añade un comentario o deja un trackback: URL del Trackback.

3 Comentarios

  1. Escrito el 27 mayo, 2012 a las 23:02 | Enlace permanente

    Uf. Aquí hay mucha tela que cortar. En primer lugar, y esto creo que se lo leí a Jodorowsky, es un error poner a un hijo el nombre de un familiar directo o de alguien de gran peso en el entorno familiar. El hijo debe de tener su propia personalidad, y para ello es más importante de lo que nos creemos que tenga su propio nombre.

    También se podría decir que los seres humanos somos muy complejos, pues somos a la vez el creador y la creación. Nosotros, efectivamente, somos nuestra propia obra a través de nuestras acciones. Y quizá nos dé miedo nuestro propio poder, el infinito potencial que tenemos, y por eso, y también por comodidad, optemos por llevar vidas mediocres, sin atrevernos a lanzarnos al vacío y disfrutar del colchón de plumas. La naturaleza ama el coraje, etc.

    Por mi parte decir que mis miedos, mi introversión, mi inseguridad, son mi talón de Aquiles. Gracias a este zumbado que resulta que se llama como Paquirrín (al que el éxito televisivo no va a cambiar) me siento impelido a hacer cosas y a vencer mis miedos, incluido el miedo a mí mismo.

    En el fondo, los seres humanos, no somos tan malos. Y quienes sí lo sean, no saben lo que se pierden.

    Gracias, Paquirrín ;)

  2. Escrito el 29 mayo, 2012 a las 8:28 | Enlace permanente

    Muy buen relato.

    Mirarse al espejo, al interior de cada uno, es uno de nuestros mayores retos, trabajar en el la mayor de las satisfacciones….

    Un abrazo.

  3. Carles
    Escrito el 2 abril, 2014 a las 20:31 | Enlace permanente

    Ánimo! aunque no lo necesitas ;)

Publicar un Comentario

Tu email nunca se publicará ni se compartirá. Los campos obligatorios están marcados con un *

Puedes usar estas etiquetas y atributos HTML <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

*
*